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Llevé a mi hija a ver Toy Story 5 y terminé pensando ¿cómo es posible que una historia siga generando dinero tres décadas después?

Padre e hija observan una pantalla de cine con la leyenda "Toy Story 5", ilustrando cómo una franquicia puede generar valor económico durante décadas mediante la protección y explotación de activos de propiedad intelectual.

Llevé a mi hija a ver Toy Story 5 y terminé pensando ¿cómo es posible que una historia siga generando dinero tres décadas después?

El sábado llevé a mi hija de seis años y medio a ver Toy Story 5.

Mientras observaba la pantalla, caí en cuenta de algo curioso: ella estaba viendo a los mismos personajes con la misma emoción con la que yo los vi hace treinta años.

Y entonces me surgió una pregunta:

¿Cómo es posible que una historia siga generando dinero durante tres décadas?

La primera película de Toy Story se estrenó en México en 1996. Yo tenía alrededor de diez años. Treinta años después, esos mismos personajes siguen llenando salas de cine. Las palomeras se agotan entre coleccionistas y fanáticos, los personajes continúan ocupando estantes en tiendas, tienen presencia en parques temáticos, videojuegos y una cantidad prácticamente inagotable de productos licenciados.

La respuesta no está únicamente en el talento creativo de quienes desarrollaron la franquicia. Tampoco en la calidad de la historia o en el valor de producción de las películas. Una parte fundamental de la respuesta se encuentra en algo que suele parecer menos emocionante: la Propiedad Intelectual.

Toy Story dejó de ser una película hace mucho tiempo

Con el paso de los años, Toy Story dejó de ser solamente una película. Se convirtió en una franquicia global capaz de generar ingresos a través de múltiples líneas de negocio.

De acuerdo con un estudio económico elaborado por Steward Redqueen y difundido por Axios, la franquicia Toy Story habría generado alrededor de 16 mil millones de dólares para Disney/Pixar durante los últimos treinta años.

La cifra no se explica únicamente por la taquilla. Toy Story supera los 3 mil millones de dólares en ingresos de cine a nivel mundial y continúa generando miles de millones adicionales mediante licencias, videojuegos, publicaciones, parques temáticos y mercancía oficial.

Y aquí aparece una de las lecciones más importantes de negocio: Toy Story 5 probablemente no existe únicamente porque alguien tuvo una nueva historia que contar.

También existe porque es una de las propiedades intelectuales más valiosas de Disney.

Cuando una propiedad intelectual alcanza cierto nivel de reconocimiento, el negocio deja de depender exclusivamente de la obra original. La película se convierte en una pieza más de un ecosistema compuesto por licencias, mercancía, videojuegos, experiencias, parques temáticos y colaboraciones comerciales.

Lo cierto es que ninguno de esos negocios existiría sin algo que no se puede tocar: los personajes; las historias; los nombres; los diseños. O sea, todo aquello que forma parte de una propiedad intelectual.

En otras palabras, activos intangibles correctamente construidos, administrados y protegidos.

La nostalgia como activo económico

Yo mismo soy un ejemplo de ello.

Desde hace años colecciono objetos relacionados con algunas de las franquicias que marcaron mi infancia: Star Wars, Chucky, Gremlins, Amos del Universo y otros personajes con los que encuentro un vínculo emocional.

Muchos de esos objetos no tienen una función más allá de la decorativa. Sin embargo, no los compro por su utilidad. Lo que realmente compro son recuerdos, experiencias y emociones.

Las grandes compañías de entretenimiento entendieron esto hace mucho tiempo. Entendieron que la nostalgia no es solamente una emoción. También es un motor de compra extraordinariamente eficiente.

Para los estudios y las productoras majors esta lección se traduce en algo muy concreto:

La nostalgia reduce el riesgo. –

Cuando una propiedad intelectual ya probó su capacidad para conectar con el público, deja de ser únicamente una obra creativa y se convierte en una apuesta relativamente segura de negocio.

Quizá por eso la cartelera de cada año está llena de secuelas, remakes, reboots, spin-offs y universos compartidos. No es casualidad. Es una consecuencia lógica de la explotación de activos intelectuales que ya demostraron su valor comercial.

En términos simples: para un estudio resulta menos riesgoso invertir cientos de millones de dólares en una franquicia conocida que apostar la misma cantidad a una propiedad intelectual completamente nueva.

Una lección que muchos creadores mexicanos siguen ignorando

Conforme avanzaba la película también pensé en algo que veo con frecuencia en mi práctica profesional.

Cuando una persona compra el boleto de cine para ver Toy Story 5, normalmente piensa que compró entretenimiento.

Cuando Disney ve Toy Story 5, ve un activo. –

Durante décadas, Disney ha invertido recursos en proteger, administrar y explotar los activos intelectuales asociados a la franquicia. No se trata únicamente de películas. Se trata de personajes, historias, marcas, licencias, mercancía, experiencias y todos los derechos que permiten convertir una creación intelectual en un negocio de largo plazo.

En México es común encontrar proyectos creativos que nacen con un enorme potencial comercial, pero que relegan la propiedad intelectual a un segundo plano.

A lo largo de mi ejercicio profesional he visto proyectos que comenzaron como una idea aparentemente sencilla y terminaron generando valor económico real.

También he visto el escenario contrario: proyectos que lograron conectar con el público, pero cuya escalabilidad y crecimiento quedó limitado porque la propiedad intelectual pertenecía a terceros, porque nunca se definió adecuadamente la titularidad de los derechos o porque los creadores dejaron para después aspectos que debieron atender desde el principio.

Es común que emprendedores, creadores, productores audiovisuales y desarrolladores de contenido concentren todos sus esfuerzos en producir, vender o conseguir audiencia. Lo que muchas veces pasan por alto es que el activo más valioso del proyecto puede no ser la operación misma.

Si Disney invierte miles de millones de dólares en proteger y explotar sus activos intelectuales, no es porque se trate de una formalidad jurídica. Lo hace porque entiende que ahí se encuentra buena parte del valor de su negocio.

La ley no crea franquicias. Pero sí ayuda a conservarlas, explotarlas y monetizarlas durante décadas.

Reflexión final

Cuando se habla de derechos de autor, marcas o licencias, es común pensar en registros, contratos o trámites. Sin embargo, detrás de esas figuras jurídicas existe algo mucho más relevante: la posibilidad de transformar una idea creativa en un activo capaz de generar valor durante generaciones.

Treinta años después, los personajes y las historias de Toy Story continúan cumpliendo exactamente esa función. Lo que comenzó como una película terminó convirtiéndose en una de las propiedades intelectuales más valiosas de la industria del entretenimiento.

Y aunque pocos proyectos alcanzarán una dimensión similar, la lección sigue siendo la misma para cualquier creador, emprendedor, productor o empresa mexicana: nunca se sabe cuál de las ideas de hoy puede convertirse en el activo más valioso de mañana.

Por eso la propiedad intelectual no debe entenderse únicamente como una herramienta legal, sino como una herramienta de negocio.

Referencias

Fuentes económicas

Fuentes de taquilla

RODRIGO ALAN GARCIA SANCHEZ

Fundador de LEGENT | Abogado en entretenimiento Abogado especializado en la industria del entretenimiento en México. Asesora proyectos audiovisuales, talento, productoras y empresas creativas en la estructuración legal de sus operaciones, contratación y protección de activos

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